Opinión: Golpeando las puertas del 2001

La crisis del 2001 resquebrajó los cimientos de nuestro país, hizo crujir acuerdos que se mantenían vivos desde el ’83 y revivió los peores fantasmas; todo por impericia económica y descrédito político. Un cóctel que se repite por estos días.

“Nuestra mayor gloria no está en no caer nunca, sino en levantarnos cada vez que caemos” dijo Confucio alguna vez y aplica perfectamente a nuestro país. Cientos de caídas y las mismas veces nos levantamos, somos resilientes. Nuestra historia, de crisis repetidas, nos enseñó a encender alarmas internas, porque cada vez que estalló la sociedad, fue resultado de decisiones que se repitieron.

La explosión social del 2001 fue el desenlace de una crisis económica y política sin precedentes y que muchos comparan con lo que ocurre estos días.
Los recientes datos publicados, por la UCA y por el mismo INDEC, golpean con la incomparable contundencia de la realidad y trazan inquietantes paralelismos con la crisis que se llevó puesto al presidente Fernando De la Rúa.

La obsesión del gobierno por el déficit fiscal, sustentada en la ceguera liberal, se repite con aquella época. Solucionar ese supuesto mal fundamental, les permitiría acceder a los mercados internacionales, comenzando, ayer y hoy, una espiral de ajustes cuyo resultado se palpa día a día.

Los datos son irrefutables, terminantes. En el 2001 la deuda en relación con el PBI estuvo cercana al 95%, hoy es de 97,7% según la CEPAL. La pobreza, medida por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, fue del 35,4%, mientras que en último trimestre del 2018 fue de 35,9%. Si, más que en el 2001. La capacidad instalada de la industria en el macrismo bajó al 56,6%, el menor nivel desde 2001-2002.

Podría seguir enumerando los datos que transparentan las similitudes, inclusive los “positivos”, porque en 2001 hubo superávit comercial y una magnifica cosecha, tal como esperan hoy, pero nada alcanzó porque los desequilibrios eran enormes.

Sintéticamente, para no empalagar con números, vale remarcar que, como indican Daniel Azpiazu y Hugo Nochteff en “El desarrollo ausente”, la historia se repite, no es nuevo esto de que nos pidan “un esfuerzo” o “remarla”, pero esos pedidos siempre, en nuestro país escondieron una brutal secuencia de ajuste-recesión-más ajustes, que terminan en caída del consumo, desempleo, suba de la pobreza, menores salarios y demás penurias.

Si hay algo que nos separa de la dinámica del 2001 es que los bancos hoy tienen una liquidez que no tuvieron en aquel entonces y un corralito no existe en ningún análisis serio. La flotación del tipo de cambio es todavía una especie de resorte y, por suerte, hay una contención, pequeña, pero ausente en el gobierno de la Alianza, de los sectores más vulnerables.

El último punto a resaltar es que en el 2001 existía un gran enojo con la política, hoy hay cierto desencanto, pero no un vacío de poder ni crisis de representatividad como entonces. Pero para que esto siga así, en las vías de la institucionalidad, es necesario que los dirigentes se pongan los pantalones y no se alimenten del ego, que entiendan que estamos en un momento crucial, del que sólo se saldrá con proyectos económicos y políticos que expliquen como se van a superar los desequilibrios que tan mal hacen en la vida de los argentinos.

El derrumbe de la economía es peligrosamente parecido al 2001, el deterioro social es abismal, tanto, y en muchos casos, peor que en aquellos días. Por eso, si bien todavía hay instituciones que funcionan, desde el gobierno tocan las teclas equivocadas y con cada una de sus decisiones golpean las puertas del 2001.

Por Leo Anzalone – Analista Económico

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