La mediocridad de la enseñanza

La mediocridad de la enseñanza

Por Nicolás Mauro*

Se asoman las vacaciones de invierno en los distintos niveles del sistema educativo. Las mismas estarán atravesadas por un contexto de gran incertidumbre en muchas de las provincias acerca de si vuelven o no las clases en medio de esta pandemia.

El miedo, constructor implacable de muros se ha transformado en una hegemonía que conduce siempre a los atajos, a los caminos fáciles. Repensar la educación es tarea no solo de la comunidad educativa, sino también, es materia pendiente de la política. La política ha abandonado la educación.

El rol del educador se ha vuelto tan amplio como difuso; y el sistema educativo se ha vuelto tan ineficaz como mediocre. Nuestra enseñanza es mediocre.

Nos enseñan a ser libres, pero no nos dicen como. Que mediocre. Nos enseñan a “hacer lo que queremos” o en ciertas ocasiones más mediocres aun, nos dicen que “nuestra libertad termina donde comienza la del otro”, pero si así fuera ¿Cuáles serían los limites? ¿Qué seria verdaderamente la libertad? ¿Somos libres o creemos serlo? La clave en la libertad, concepto esencial para entender la posición de cada sujeto respecto de la realidad, radica en qué concepto tiene de libertad y para que es usada la misma. Esto se da debido a que en la medida de que creo liberarme de algo, me transformo en esclavo de otra cosa. En el momento en que me considero libre porque hago lo quiero o deseo, termino cayendo en la esclavitud de mis emociones repentinas. Pero nadie nos enseña tampoco a conducirlas. ¿Soy libre para qué?

Y es mediocre porque nos enseñan a pensar, pero no a sentir. ¿Se han preguntado alguna vez por qué actuamos conforme a nuestros sentimientos y emociones, pero nadie nos enseñó a regularlas? Claro está, es mucho más interesante enseñarnos complejidades y abstracciones que enseñarnos a conocernos y a regular conductas que pueden hacernos verdaderamente sujetos libres.

Es mediocre porque nos enseñan el éxito, pero no el fracaso. Vivimos en un mundo, y fundamentalmente, en un país exitista. Si no cumplís tus metas, fracasaste. Si no lograste tu objetivo, fracasaste. El éxito es solo para unos pocos elegidos, los que viven al margen del fracaso. Y no nos asombremos que esos pocos elegidos sean correspondidos con una historia de vida tan impactante que caigamos una y otra vez en la victimización de la pobreza y en la figura heroica de como ese sujeto pudo superar las barreras sociales existentes.

Pero también es mediocre porque nos enseñan que tenemos derecho a todo, pero obligaciones a casi nada. El posmodernismo se hace presente en los diseños curriculares cada vez con más firmeza, ese mismo posmodernismo que nos dice que solo existe un nosotros en términos de hegemonía. Vivimos convencidos de que el mundo nos pertenece, de que soy lo que quiero ser. Tenemos inserto ese chip posmoderno donde el Otro es mi enemigo, el Otro es lo que está mal y que, ante cualquier problema suscitado, se están vulnerando mis derechos, pero ¿Cuándo aparecen mis obligaciones? ¿Es de verdad mi enemigo el que piensa diferente a mí?

Nos inculcan la empatía, pero no nos dicen quién es el Otro. Que mediocridad. El discurso falaz de la empatía ha relativizado absolutamente todo argumento verdadero. ¿De verdad puedo sentir, pensar y ponerme en el lugar del Otro? Ese Otro desconocido, o ese Otro conocido pero que no logro interpretar. La Otredad no es más que saber interpretarlo y comprender que el Otro puede sentir, pensar y ser diferente a mí; simplemente porque es Otro. Si el sistema quiere que seamos empáticos con los otros, primero debo replantearme eso conmigo mismo: Conocerme, conocer mis éxitos, pero también mis fracasos; conocer nuestro potencial y saber que no solo tengo derechos, sino también, obligaciones.

Pero… ¿A quién no le han enseñado la importancia de la tolerancia? ¿Las falacias posmodernas de la deconstrucción y el lenguaje inclusivo acaso no se han puesto a repensar esto también? Según Kant la hospitalidad “es el derecho de un extranjero a no recibir un trato hostil por el mero hecho de ser llegado al territorio de otro”. Bauman agrega que “No puede existir una libertad responsable sin la formación y participación de verdaderos ciudadanos, se debe pensar en una autonomía colectiva”. Tolerancia tiene su raíz etimológica en el latín y su traducción significa soportar. La tolerancia es el principio de la grieta porque me pone en un escenario de superioridad frente al otro, o peor aún, en un escenario donde convierto a ese otro en mi enemigo ¿Tengo que soportar al otro o tengo que integrarlo y respetarlo siendo hospitalario?

El sistema está lleno de consecuentes, interesan los resultados y la finalidad, no el proceso ni los medios. Abrir procesos es un desafío, pero claramente no es observado de esa manera por quienes nos enseñan. Porque nos enseñan a responder, pero no a escuchar. Esa mediocridad ha generado que en nuestras costumbres siempre busquemos la respuesta que predomine sobre la mirada del otro, es decir, un principio de superioridad innegable que como argentinos conocemos y hemos aprendidos desde chicos. ¿Autocrítica? Claro que no. Nuestro peor problema de comunicación es que escuchamos para responder, no para aprender. Y mientras esto siga siendo la base de toda argumentación que busquemos brindar, lo único que hacemos es agigantar esa grieta. Cuando no existe una verdadera escucha, no aprendemos ni tampoco nos están enseñando.

La mediocridad de este Siglo XXI no conoce límites, y mas aun cuando en las raíces educativas se ha materializado el posmodernismo vigente. No solo somos creadores de grietas que nos separan, sino que establecen el odio y el miedo. Nos enseñan a poner muros, no puentes. Entre los muros es una película muy reconocida que encuentra en su trama esta distancia entre educadores y estudiantes, pero también entre estudiantes mismos. Nuestro desafío es derribar esos muros que nos separan. Comprender qué hay detrás de esos muros es tarea de cada sujeto y en especial, del sistema educativo.

Comprender para redireccionar, no comprender para nivelar hacia abajo. Pero eso depende de la comunidad educativa y también del replanteo político.

¿Seguiremos construyendo muros o con esos mismos ladrillos construiremos puentes? ¿Verdaderamente estamos aprendiendo valores o estamos aprendiendo mediocridades que nos llevan a la grieta?

Nicolas Mauro es profesor de Ciencias Politicas, estudiante de Derecho e integrante de la juventud Política Crear Mar del Plata

publicado por Marcelo Pérez Peláez
prensa@noticiasmdq.com

foto ilustrativa: macainsmacain morguefile

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