El fallecimiento de la magistrada que juzgó a Carlos Monzón invita a rememorar la temporada más trágica de «La Feliz», marcada por los finales de Alicia Muñiz y Alberto Olmedo.
Por Marcelo Pérez Peláez
La noticia del deceso de la doctora Alicia Ramos Fondeville, ocurrido este jueves 1 de enero de 2026 en Mar del Plata, cierra un ciclo histórico para la justicia argentina. La magistrada, que contaba con 90 años y padecía una grave enfermedad, será velada mañana, viernes 2 de enero, en la casa de sepelios de Hipólito Yrigoyen 2046, de 9:30 a 14:00. Sin embargo, su partida física es, ante todo, el disparador para revisitar los sucesos de 1988, aquel «verano más triste» que transformó para siempre la fisonomía social y mediática de la ciudad.
Aquel año, Mar del Plata dejó de ser solo el destino predilecto del turismo para convertirse en el epicentro de dos tragedias que enmudecieron al país. Ramos Fondeville fue la encargada de impartir justicia en el primero de estos hitos: el crimen de Alicia Muñiz.
El fin del ídolo y el inicio de una conciencia social
En la madrugada del 14 de febrero de 1988, el barrio La Florida fue testigo de un hecho atroz. El excampeón mundial de boxeo, Carlos Monzón, asesinó a su expareja, la exmodelo uruguaya Alicia Muñiz, en la propiedad que ambos alquilaban. Lo que inicialmente el deportista intentó presentar como un accidente, se reveló gracias a las pericias forenses como un acto de violencia extrema.
Según los datos de la causa, Monzón golpeó y estranguló a Muñiz hasta dejarla agonizante. Posteriormente, la arrojó desde el balcón del primer piso y él mismo saltó detrás para simular una caída accidental. La intervención de Ramos Fondeville en el juicio posterior fue decisiva. La jueza se basó en pruebas técnicas irrefutables: la autopsia confirmó que la presión en el cuello de la víctima fue previa al impacto de la caída. En 1989, el tribunal presidido por ella condenó a Monzón a 11 años de prisión por homicidio simple, ya que la figura de «femicidio» no existía en la legislación de la época. Aquel fallo rompió la impunidad de los «ídolos» y visibilizó una problemática que, hasta entonces, se mantenía bajo un manto de silencio.
La caída del capocómico en el Maral 39
Mientras la sociedad aún procesaba el horror del caso Monzón, una segunda tragedia sacudió la ciudad apenas semanas después. El 5 de marzo de 1988, Alberto Olmedo, el actor más popular de la Argentina, moría al caer desde el piso 11 del edificio Maral 39, frente a la zona de Playa Varese.
Olmedo se encontraba con su pareja, Nancy Herrera, en lo que se describió como una noche de excesos y tensiones afectivas. Los testimonios de la época reconstruyeron un pedido desesperado: «Agarrame la pierna…», habría gritado el actor antes de precipitarse al vacío. Los exámenes forenses detectaron niveles significativos de alcohol y cocaína en su organismo, alimentando teorías nunca comprobadas sobre una bolsa de estupefacientes oculta en el exterior del balcón. La imagen del cuerpo del «Negro» Olmedo sobre el asfalto de la avenida Peralta Ramos quedó grabada como el símbolo del final abrupto de una era de esplendor artístico.
Un hito en la memoria colectiva
Estos dos hechos, ocurridos con apenas 20 días de diferencia y ambos vinculados a balcones marplatenses, oscurecieron aquella temporada estival. La labor de Ramos Fondeville fue fundamental para procesar legalmente uno de estos traumas nacionales. Para la magistrada, el juicio a Monzón no fue un trámite más, sino un proceso donde las pericias fueron «terminantes» para desarmar los relatos que buscaban proteger al boxeador.
Hoy, con la partida de la jueza a sus 90 años, se completa el cuadro de una época que obligó a los argentinos a confrontar la violencia de género y la fragilidad de sus máximos referentes. El verano de 1988 dejó de ser una postal de vacaciones para transformarse en un recordatorio de la vulnerabilidad humana bajo las luces de la fama.
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