Editorial: «Un océano de irresponsabilidades»

La experiencia de ir a la playa y temer por la extinción de la especie humana se presentó ante mí como la proyección de las películas de cine catástrofe que solíamos ir a ver en salas cerradas y acondicionadas a tal fin. Esos cines a los que acudíamos en búsqueda de emociones, pochoclos y gaseosa en mano, antes de que la pandemia nos obligara a esta nueva «normalidad».

En este original escenario las sensaciones al límite las encontramos en la interacción con otros seres humanos, en espacios abiertos, con protocolos y siendo los protagonistas de una película que, si fuese una creación de un guionista, juzgaríamos como una exageración.

Llegar a la playa en Mar del Plata con barbijo ya es una escena increíble si nos remontamos a tan sólo un año atrás. En el acceso al espacio público el control de la Municipalidad del Partido de General Pueyrredon nos recibe cordialmente y nos invita a no quitarnos los tapabocas e instalarnos en un lugar con el distanciamiento adecuado. Allí fuimos con mi familia hasta un lugar prudencialmente alejado del resto.
Eran aproximadamente las 15 horas de un día sábado y como la marea estaba baja pusimos nuestra reposera, una lona y equipo de mate en la orilla. El calor no abruma tanto cerca del mar.

Hasta ahí era la típica experiencia placentera de una familia que va a la playa, pero minutos después se trasformaría en una auténtica tarde de tensión, colmada de sensaciones de peligro. Todo ello porque, simplemente, la mayoría de nuestros conciudadanos han decidido no cuidarse, ni cuidar al prójimo.

A los cinco minutos de llegar me di cuenta que nadie en mi entorno usaba tapabocas para desplazarse de un lugar a otro, que no respetan el espacio de los demás y que debimos corrernos al menos tres veces en una hora, porque la gente no se sienta arriba de uno porque no les debe ser cómodo. A nadie le importa absolutamente nada.
Pasada media hora llegó frente a nosotros un puesto de venta de pareos y la gente comenzó a probarse las prendas y dejarlas nuevamente colgadas para que se las calce otra persona a la que le quede mejor. Una locura si pensamos que los locales de venta de ropa nos atienden casi en la puerta y no es posible ingresar a los probadores.
A esa altura, mi hija hacía la típica piletita en la arena e intenté sentarme para armar el mate. Fue allí cuando literalmente un grito casi me mata del susto y sentí horrorizado que me escupían la oreja y parte del cuello. Un vendedor con el barbijo en la pera me roció con su saliva, al proferir a viva voz las virtudes del producto gastronómico playero que ofrece.

Ya está, pensé, hay que tener muy mala leche para que te escupa alguien con Covid19 en la orilla del mar. Comencé a relajarme y a disfrutar de ver a la nena jugar, conversar y tomar unos amargos con mi compañera de vida. Fue allí cuando una parejita de adolescentes decidió que jugar al voley en una playa casi colmada en su ocupación protocolar.

Como era de suponer una señora recibió un pelotazo en medio del rostro y se quejó. Los chicos, en vez de pedir perdón, la insultaron.

A esta altura el encierro que sufrí durante la cuarentena, se vivía con la nostalgia de quién recuerda placenteramente las primeras vacaciones de su infancia.

Los guardavidas se cansaron de tocar pito, la bandera roja y negra flameaba y como nadie hace caso a las recomendaciones hubo un épico rescate, de esos que hay todos los días.

Eran cerca de las 17 cuando comenzó el «show del aplauso» por los niños extraviados que están 40 minutos (o más) dando vueltas y allí cuando mi nivel de estrés hizo que se me saliera la cadena. Justo cuando pensaba: ¿dónde están los familiares de estos pibes asustados? los adolescentes peloteros comenzaron a delimitar una cancha, vaya a saber de qué deporte, justo en mi nuca.

Fue allí cuando me acerqué, no muy gentilmente, a gritarles «rajen de acá…». Sé que estuve mal y me disculpo por ello, pero el límite de tolerancia a la falta de empatía, respeto y sentido común me desbordó.

El 2020 parece que no nos enseñó nada como sociedad y nos hemos vuelto más egoístas e involucionados. Hay mucha gente, nadie parece acordarse que estamos en plena pandemia y que debemos respetar al prójimo y cuidar los protocolos sanitarios.
Lo que nos pasa no tiene que ver con los murciélagos chinos, el gobierno, o el Covid19: es por nosotros.

Es responsabilidad nuestra si queremos seguir muriendo en masa, antes de que las vacunas puedan mostrar cierto grado de eficacia.

Ayer viví la primera escena de una película que bien podría llamarse «Extinción» o si me inspiro en la locación «Océano de irresponsabilidades». Me refiero a la pérdida de la sensibilidad social y la solidaridad y al grado de «nada me importa» que estamos demostrando como sociedad.

Si seguimos así vamos mal, muy mal…

Marcelo Pérez Peláez
prensa@noticiasmdq.com

Foto ilustrativa

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