El fallecimiento del exintendente reabre el debate sobre su compleja trayectoria, transitada entre la gestión técnica bajo la dictadura y la intendencia democrática, interpelando la memoria colectiva de la ciudad.
La noticia del deceso de Mario Roberto Russak, quien fuera intendente del partido de General Pueyrredon en dos períodos distintivos de la historia argentina, a sus 80 años en la Ciudad de Buenos Aires, donde residía, ha resonado en el ámbito político y social de Mar del Plata, impulsando una necesaria pausa para reflexionar sobre la singularidad de su figura y el ambivalente legado que deja en la ciudad. Su partida no es solo el final de una vida dedicada, en parte, a la esfera pública, sino también una invitación a revisar con detenimiento las complejidades y contradicciones que caracterizaron su paso por la gestión municipal.
Russak irrumpió en el escenario político marplatense en circunstancias que definieron, de manera indeleble, una faceta crucial de su trayectoria. Fue designado comisionado municipal de General Pueyrredon durante el período comprendido entre 1978 y 1981. Este lapso se inscribe en uno de los capítulos más oscuros y dolorosos de la historia contemporánea argentina: la última dictadura cívico-militar. Ocupar un cargo de tal relevancia institucional bajo un régimen de facto implica, inexorablemente, una asociación histórica que el tiempo no disuelve fácilmente. El rol de comisionado municipal en aquel entonces distaba sustancialmente del de un intendente elegido por el voto popular; era un nombramiento emanado directamente del poder centralizado y autoritario, con escasas o nulas instancias de control ciudadano o rendición de cuentas en términos democráticos. Su servicio en esa etapa, si bien pudo haber estado motivado por diversas razones personales o profesionales, lo vincula a un período signado por la suspensión de las libertades civiles, la persecución política y las graves violaciones a los derechos humanos. Esta conexión inicial con el poder, ejercido fuera de los canales democráticos, es un elemento fundamental para comprender la complejidad de su figura pública y constituye uno de los puntos centrales que marcan la ambivalencia de su legado.
Década y media después, en 1991, Mario Russak regresó al sillón de la intendencia, pero en un contexto radicalmente diferente: el pleno ejercicio de la democracia. Esta segunda oportunidad al frente del municipio, que se extendió hasta 1995, lo encontró ya no como un funcionario designado, sino como un intendente elegido por la voluntad popular. Este tránsito, de la designación autoritaria a la elección democrática, es un fenómeno que, si bien no único en la política argentina de la posdictadura, sí resulta significativo y digno de análisis. ¿Cómo se reinterpretó su figura en este nuevo escenario? ¿De qué manera la ciudadanía marplatense procesó su pasado para confiarle nuevamente la conducción de la ciudad? Su capacidad para ser elegido y gobernar en democracia, después de haber servido a un régimen de facto, pone de manifiesto las particulares dinámicas de la política local y la complejidad de la memoria colectiva, que a veces parece dispuesta a trazar líneas divisorias o a ponderar diferentes aspectos de una trayectoria.
Más allá de sus roles en la gestión pública, la formación académica de Russak, con una Licenciatura en Derecho y un Doctorado en Economía y Finanzas, así como su experiencia como docente y en el sector privado, delinean un perfil técnico y profesional que, según se destaca, influyó en su estilo de gestión. Este bagaje, particularmente en el área económica, pudo haberle brindado herramientas específicas para abordar las problemáticas administrativas y financieras del municipio. Es esta faceta de «técnico reconocido por su capacidad administrativa» la que, en contraste con su vínculo con la dictadura, contribuye a la percepción dual de su figura. La política argentina, a menudo, valora perfiles técnicos para la gestión, pero la evaluación de su desempeño siempre debe considerar el marco institucional y ético en el que se desarrolló.
La figura de Mario Russak también estuvo salpicada por episodios que, aunque de índole distinta, contribuyeron a forjar su imagen pública. Sus declaraciones, como aquella en la que habría calificado de «mediocres» a ciertos sectores de la sociedad, generaron, lógicamente, controversia y debate en Mar del Plata. Las palabras de un funcionario público tienen un peso específico y pueden ser interpretadas como un reflejo de su visión social o de su relación con los ciudadanos. Un comentario de esta naturaleza, particularmente dirigido a «sectores de la sociedad», puede erosionar la confianza y generar distancia entre el gobernante y los gobernados. Analizar estas manifestaciones ayuda a comprender la personalidad política y el estilo de comunicación de Russak, así como las reacciones que generaba en el entramado social marplatense.
El balance de su paso por la intendencia, especialmente en su segundo mandato, parece inclinarse, según algunas voces, hacia el reconocimiento de ciertos avances en la modernización de infraestructuras. La importancia de la infraestructura en una ciudad como Mar del Plata, fuertemente ligada al turismo y que requiere de servicios eficientes para sostener su economía y mejorar la calidad de vida de sus habitantes, es innegable. Sin embargo, incluso al destacar estos aspectos positivos, los análisis sobre su gestión no omiten, ni pueden omitir, su previa participación en el gobierno de facto. Es precisamente esta convivencia de aspectos positivos (la gestión técnica, la modernización en democracia) con la sombra de un pasado autoritario lo que configura su legado como «ambivalente».
Los medios de comunicación locales, al dar cuenta de su fallecimiento, lo señalaron como un «personaje singular», cuya historia, en efecto, parece reflejar las «contradicciones de nuestra política». Esta reflexión apunta a un fenómeno más amplio: la dificultad de las sociedades para cerrar heridas históricas y la forma en que figuras que transitaron por diferentes regímenes son recordadas y evaluadas. La muerte de Mario Russak, sepultado en Buenos Aires y no en la ciudad que gobernó, cierra físicamente un capítulo, pero reabre simbólicamente un debate necesario sobre la memoria colectiva y la responsabilidad histórica. ¿Cómo se juzga a quienes sirvieron a un régimen que avasalló los derechos fundamentales, aun cuando luego hayan participado en procesos democráticos? ¿Es posible separar al técnico del político, o al gestor del contexto institucional en el que actuó? Estas son preguntas complejas, sin respuestas sencillas, que la partida de Russak vuelve a poner sobre la mesa, invitando a los marplatenses, y a la sociedad argentina en general, a seguir reflexionando sobre su pasado reciente y la manera en que este moldea el presente. Su vida, con sus luces y sus sombras, sus logros y sus controversias, permanecerá, sin duda, como objeto de análisis en los estudios sobre la historia política y social de Mar del Plata.
NMDQ
