Por María Alquezar.
Hay algo en las historias de amor que siempre intenta convencernos de que la honestidad absoluta es el objetivo. Como si decirlo todo fuera una forma de construir algo más sólido, más real. El drama se mete exactamente ahí, pero no para confirmarlo, sino para incomodarlo.
Protagonizada por Zendaya y Robert Pattinson, la película parte de una premisa simple: una pareja, a días de casarse, decide confesarse lo peor que hizo en su vida.
Lo que empieza con cierta ligereza, incluso con momentos que rozan el humor, va mutando en algo más tenso, más incómodo. Porque cada confesión no solo revela algo del otro, sino que también cambia la forma en la que lo vemos. Y eso es lo que la película entiende bien: no es lo que hiciste, es lo que esa verdad hace con el vínculo.
Hay una incomodidad constante que no se apoya en grandes giros dramáticos, sino en lo que se instala entre ellos. En los silencios. En las pausas. En esa sensación de que algo ya no puede volver a ser como antes, aunque todavía no haya pasado nada concreto.

La película juega con ese límite: cuánto queremos saber realmente de la persona que amamos. Y si el amor resiste cuando deja de estar idealizado.
Las actuaciones están muy bien logradas. En lo personal, Robert Pattinson fue una sorpresa. Hacía tiempo que no lo veía y acá encuentra un registro que suma mucho a esa incomodidad que atraviesa toda la historia. Hay una precisión en cómo se miran, en cómo reaccionan, que hace que todo se sienta más cercano, más posible, más real. En el caso de Zendaya, vuelve a demostrar esa solidez que ya es parte de su identidad como actriz.
Además, ambos siguen consolidando un año fuerte en sus carreras: compartirán pantalla en la nueva adaptación de La Odisea y también forman parte del universo de Dune: Parte Tres.
Visualmente, la película acompaña sin distraer. No hay una intención de espectacularidad, sino más bien de cercanía. De encierro, incluso. Como si todo pasara en un espacio emocional del que no se puede salir.
No es una película que necesite verse en cine, pero tampoco es una que pierda si la ves ahí. Más bien depende de cómo quieras atravesarla. Porque no es tanto lo que pasa, sino lo que te deja pensando después.
El drama no habla del amor en su versión más ideal, sino en su versión más incómoda. Esa donde la verdad no necesariamente acerca, sino que a veces separa. O, peor, transforma algo que parecía seguro en algo completamente incierto.
Y tal vez eso sea lo más interesante: no intenta darte una respuesta. Solo te deja con la pregunta.
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