Tras más de una década liderando la Iglesia Católica con un mensaje de inclusión y humildad, el pontífice argentino falleció en el Vaticano rodeado de su comunidad más cercana. Su legado, un llamado a la justicia social y la ternura en tiempos de fractura global.
Por Marcelo Pérez Peláez (con asistencia de GPT y Qwen).
Un pontificado marcado por la revolución de la ternura
Jorge Mario Bergoglio, el primer papa jesuita, latinoamericano de la historia, asumió el liderazgo de la Iglesia Católica en marzo de 2013, en un contexto de crisis institucional y distanciamiento de los fieles. Desde sus primeras palabras como pontífice —“¿Quieren que recemos por el obispo de Roma?”—, Francisco trazó un camino alejado de los protocolos rígidos, priorizando la cercanía a los pobres, los migrantes y las víctimas de abusos. Su encíclica ‘Laudato Si’ (2015), un alegato contra la destrucción ambiental y la indiferencia ante la pobreza, lo consolidó como una voz moral en debates globales sobre ecología y economía .
Bajo su mandato, el Vaticano enfrentó escándalos históricos con transparencia inédita, como la reforma de las finanzas eclesiásticas y el histórico encuentro con víctimas de abusos sexuales clericales. Su insistencia en “una Iglesia en salida” —que busca a los alejados— redefinió la pastoral católica, aunque generó resistencias entre sectores conservadores.
Los últimos momentos: humildad hasta el final
El lunes a las 7.35 Francisco falleció en la residencia Santa Marta del Vaticano, donde eligió vivir en lugar de los aposentos papales. Tras meses de delicado estado de salud —agudizado por una bronquitis crónica y fatiga avanzada—, sus últimas semanas estuvieron marcadas por encuentros íntimos con colaboradores y la redacción de documentos sobre reformas eclesiales. Según testigos, sus últimas palabras fueron en italiano: “No tengan miedo de la ternura”.
El anuncio de su deceso, difundido por la Sala de Prensa de la Santa Sede, desató una ola de reacciones inmediatas. En Buenos Aires, miles se congregaron en la Catedral Metropolitana, mientras líderes mundiales como el secretario general de la ONU y el presidente de Estados Unidos destacaron su “compasión revolucionaria”. En las redes sociales, hashtags como #GraciasFrancisco y #ElPapaDeLosPobres se viralizaron, acompañados de imágenes de sus viajes a zonas de conflicto.
Un legado que interpela al mundo
La influencia de Francisco trasciende lo religioso. Su crítica al “neoliberalismo salvaje”, su defensa del diálogo interreligioso en encuentros históricos con líderes musulmanes y judíos, y su énfasis en la “cultura del encuentro” lo convirtieron en un referente ético en un mundo polarizado. Para muchos, su mayor enseñanza fue humanizar la fe: “La Iglesia no es una aduana, es la casa del Padre”, repetía.
Organizaciones sociales destacaron su impacto en la agenda global. “Sus palabras sobre la desigualdad nos impulsaron a exigir políticas más justas”, afirmó una activista de derechos humanos en Nairobi. En el ámbito eclesiástico, su apertura hacia divorciados vueltos a casar y personas LGBTQ+ generó esperanza, aunque también controversia.
La semilla de la misericordia
La partida de Francisco deja un vacío, pero también un mandato claro: construir puentes en lugar de muros, escuchar antes de juzgar y abrazar la fragilidad como parte de la condición humana. En un planeta sacudido por guerras, desigualdades y crisis climáticas, su insistencia en “el valor de las pequeñas cosas” —un gesto, una palabra, un silencio compartido— emerge como un faro de esperanza.
Como escribió en su testamento espiritual: “La vida no se mide por lo que se acumula, sino por lo que se dona”. Hoy, el mundo entero se pregunta cómo honrar esa entrega. La respuesta, quizá, esté en cada acto de compasión que germine en su nombre.
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