Muñecos, autitos, rompecabezas y bloques ya no ocupan el mismo lugar que antes. En muchos hogares, el tiempo de juego fue reemplazado o al menos desplazado, por pantallas. Tablets, celulares, consolas y plataformas digitales concentran cada vez más horas en la vida cotidiana de niños y niñas, en un fenómeno que combina factores económicos, culturales y tecnológicos.
El cambio no solo se percibe en las casas, también se refleja en los números. Según la Cámara Argentina de la Industria del Juguete, las ventas navideñas cayeron un 6,9 % en unidades, y en los últimos dos años cerraron más de 300 jugueterías en el país.
A fines de 2025, Hobbies y Juguetería Bedroom, ubicada en Independencia 1346, realizó su liquidación por cierre, poniendo fin a más de dos décadas como clásico del barrio.
Desde el sector aseguran que la caída no responde únicamente al aumento de importaciones, sino principalmente al descenso del consumo.
Sin embargo, la explicación no es solo económica. La forma de jugar también cambió. Plataformas como Roblox, Minecraft o Fortnite se convirtieron en espacios centrales de entretenimiento infantil. En lugar de pedir un juguete físico, muchos chicos prefieren monedas virtuales o “skins” dentro de los juegos. El consumo se volvió digital.
Un informe de Common Sense Media advierte que el uso de videojuegos en la primera infancia creció de forma sostenida desde la pandemia, y que el tiempo frente a pantallas en menores de ocho años ronda entre 2 y 3 horas diarias. A eso se suman videos cortos en plataformas como TikTok o contenidos en YouTube, que muchas veces reemplazan el juego activo.
“El juego es una herramienta súper importante en el desarrollo”
Camila Vignone, médica egresada de la Universidad Nacional de Mar del Plata y profesional que se desempeña en el área de Pediatría del Hospital Materno Infantil, advierte que el cambio se observa incluso en edades muy tempranas.
“Se ha visto un aumento del uso de pantallas, sobre todo en los primeros dos años de vida”, señala. Y agrega que el fenómeno también está vinculado al comportamiento adulto: “El niño ve que el cuidador está constantemente con el teléfono, con una pantalla a pocos centímetros de la cara, y eso se convierte en su modelo”.
Según explica, el problema no es solo la presencia del dispositivo, sino el tipo de estímulo que genera: “Las pantallas tienen luces, sonidos, colores y cambios constantes. Es un estímulo permanente al cerebro que libera neurotransmisores vinculados al bienestar. Después, el niño pierde predisposición por el juguete físico”.
Para la pediatra, el juego tradicional cumple un rol irremplazable. “El juego es una herramienta súper importante en el desarrollo cognitivo, social y emocional. Es el medio por el cual el niño aprende dinámicas, lenguaje, regula emociones y se vincula con otros. Y eso se está perdiendo”.
Impacto en el desarrollo y señales de alerta
El uso frecuente de pantallas, advierte Vignone, puede desplazar experiencias fundamentales para el crecimiento. “El juego prepara al niño para las distintas actividades de la vida. Estimula pautas madurativas, el desarrollo del lenguaje y las habilidades sociales. Cuando eso se reemplaza por pantallas, pueden aparecer retrasos en distintas áreas”.
Entre las señales de alerta, menciona la frustración constante y la dificultad para sostener la atención fuera del dispositivo. “Un niño que no tolera que le saquen el celular, que elige la pantalla antes que jugar con otros, que no responde cuando lo llaman o que tiene baja tolerancia a la frustración son signos que deben llamar la atención”.
También señala que la inmediatez de los contenidos digitales impacta en lo emocional: “En la pantalla todo es rápido, instantáneo. En la vida real no funciona así. Cuando ese estímulo constante se corta, aparecen angustia, enojo o ansiedad”.
El rol de la familia y los límites en la era digital
Para Vignone, el fenómeno no puede analizarse solo desde el comportamiento infantil, sino también desde el contexto en el que crecen. “Muchas veces la pantalla aparece como recurso para calmar, entretener o resolver momentos de cansancio. Es entendible, pero cuando se vuelve la única opción, el niño deja de explorar otras formas de juego”, explica.
La pediatra remarca que el juego libre requiere tiempo y disponibilidad adulta. “El juego no surge espontáneamente en todos los casos. Hay que ofrecerlo, sostenerlo y acompañarlo. Si no hay propuestas alternativas, la pantalla siempre va a ser más atractiva”.
También subraya que no se trata de una prohibición absoluta, sino de equilibrio. “La tecnología forma parte de la vida actual. El desafío es que no ocupe el lugar del vínculo, del diálogo y del juego compartido”.
Recomendaciones y el desafío del acompañamiento
La Sociedad Argentina de Pediatría actualizó sus recomendaciones y extendió la indicación de “pantalla cero” hasta los dos años. Sin embargo, la médica reconoce la dificultad de cumplir esa pauta en la vida cotidiana. “Es muy complejo cuando los propios adultos estamos permanentemente expuestos a las pantallas. Los niños crecen viendo eso”.
Por eso, más que una prohibición absoluta, plantea la importancia del acompañamiento: “Si va a haber pantalla, que sea con un tiempo definido, con contenido supervisado y que no reemplace el juego”.
El equilibrio, explica, implica una participación activa del adulto: lectura de libros, actividades al aire libre, deporte, arte y espacios de socialización como el jardín y la escuela. “Los niños no aprenden a jugar solos de un día para el otro. Necesitan que alguien les enseñe, que juegue con ellos. Y eso requiere tiempo”.
En un contexto donde las pantallas están cada vez más presentes, Vignone subraya que el desafío no es demonizar la tecnología, sino recuperar el valor del juego compartido. “Reducir progresivamente el tiempo de exposición y buscar alternativas que despierten su interés es clave. El juego con otros no puede perderse”.
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