Una intervención urbana simbólica, basada en datos concretos, busca reubicar en la agenda pública el deterioro de la infraestructura vial y exigir soluciones a una problemática cotidiana que afecta a miles de vecinos.
En el entramado de las expresiones sociales y políticas que buscan llamar la atención sobre problemáticas que aquejan a la comunidad, ha surgido en Mar del Plata una iniciativa particular por su carácter simbólico y visualmente impactante: la campaña denominada «Flor de Bache». Impulsada por Rodolfo «Manino» Iriart, esta acción consistió en la intervención de algunos de los numerosos baches y pozos que minan el tejido vial de Mar del Plata y Batán, colocando flores en su interior. El objetivo declarado es inequívoco: visibilizar y concientizar sobre el alarmante estado de deterioro que presenta una porción significativa de las calles y avenidas del partido de General Pueyrredon.
La campaña no se funda en una percepción subjetiva o en un reclamo aislado, sino que se sustenta en un trabajo de relevamiento técnico previo. La Fundación Planificación Técnica realizó una labor de campo que permitió cuantificar la magnitud del problema, identificando la preocupante cifra de «más de 22.000 baches y pozos» distribuidos a lo largo de la geografía urbana y periurbana del partido. Este dato, por sí solo, ya constituye un llamado de atención de gran envergadura. Veintidós mil puntos de deterioro en la cinta asfáltica no son meras imperfecciones; representan un indicador contundente de una falla estructural o una carencia crónica en las tareas de mantenimiento de la infraestructura vial. Una red vial con semejante cantidad de irregularidades impacta directamente en múltiples aspectos de la vida urbana, desde la seguridad y fluidez del tránsito hasta el estado de conservación del parque automotor.
La elección de la flor como elemento central de la intervención es un acierto desde el punto de vista comunicacional y simbólico. La flor, asociada comúnmente a la belleza, la naturaleza y la vida, contrasta de manera chocante con la imagen de un bache, que representa abandono, deterioro y, en última instancia, un peligro. Esta yuxtaposición visual potente y poética logra captar la mirada del transeúnte y genera una impresión perdurable. No es casual que la campaña haya logrado instalarse rápidamente en las redes sociales; la imagen de una flor brotando de un pozo en el asfalto es gráfica y fácilmente compartible, trascendiendo la barrera del idioma y comunicando el mensaje de manera instantánea: la belleza (o lo que debería estar en buen estado) confronta con la desidia (el bache).
Rodolfo Iriart, al referirse a la iniciativa, aporta una perspectiva analítica que profundiza el mensaje de la campaña. Su reflexión sobre la «planificación estratégica y de la ciudad del futuro» en contraposición a la incapacidad de «resolver cómo tapar los baches» es una crítica directa a una posible desconexión entre las visiones a largo plazo y la resolución de los problemas más elementales y cotidianos que afectan a los ciudadanos. Plantea que es inviable hablar de un futuro promisorio para la ciudad si no se pueden solucionar cuestiones tan básicas como el mantenimiento de las calles. Esto sugiere una priorización inadecuada de los recursos o una falta de eficiencia en la ejecución de tareas de gestión fundamentales.
El promotor de la campaña también enfatiza las consecuencias directas y tangibles del mal estado de las calles. Al mencionar cómo los baches afectan a «los autos, a quienes van en ambulancias, en bicicletas o en motos», no solo enumera distintos tipos de vehículos y usuarios, sino que resalta el impacto en la movilidad general y, crucialmente, en servicios esenciales como el transporte de emergencias. La rotura diaria de vehículos de quienes se trasladan para trabajar o estudiar se traduce en costos económicos directos para las familias y en una merma en su calidad de vida. Iriart presenta el tapado de baches como una «cuestión básica, cotidiana» que, lejos de requerir soluciones complejas, simplemente «se resuelve con trabajo y sentido común». Esta afirmación no solo simplifica el problema, sino que interpela directamente a «quienes tienen responsabilidades de gestión», sugiriendo que la solución está al alcance de la mano si hay voluntad y eficiencia.
«Flor de Bache» se perfila así como una acción que es, simultáneamente, «simbólica pero concreta». Es simbólica en su estética y su mensaje metafórico, pero es concreta porque señala problemas físicos y localizados (cada flor está en un bache específico) y porque se basa en un relevamiento con un número contundente (los más de 22.000 pozos). La campaña no se limita a constatar el problema; busca «poner en agenda» una cuestión que, a pesar de estar «a la vista de todos», parece no haber recibido la atención o la respuesta adecuada por parte de las autoridades competentes hasta el momento. Se trata de una demanda explícita de acción, de una exigencia para que se implementen soluciones efectivas y duraderas a una «problemática que, lejos de ser nueva, sigue sin solución». La persistencia del problema a lo largo del tiempo, a pesar de su notoriedad, es un elemento central de la crítica implícita en la campaña.
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